Amor de verano
A veces me pongo sentimental y tengo arrebatos de sinceridad. Esta tarde, con este calor, me he acordado de María.
Conocí a María en Sevilla, en agosto. Era unos años mayor que yo, no recuerdo cuántos. Los suficientes para que tuviéramos que mantener nuestro amor en secreto. Nos refugiábamos en la clandestinidad de los bosques colindantes. Paseábamos cogidos de la mano por los senderos del Monte de Triana o del Pinar del Rosario. Escogíamos las horas de menor tránsito, que solían coincidir con las de mayor sofoco. Caminábamos un trecho y nos tumbábamos bajo los pinos a descansar. Me recostaba sobre un árbol y ella se abrazaba a mí. Un día le pedí que me cantara.
—Cántame —le dije—. Cántame.
Y abrazada a mi cintura me cantó, a la sombra de los pinos.
Y después me hizo una paja
Conocí a María en Sevilla, en agosto. Era unos años mayor que yo, no recuerdo cuántos. Los suficientes para que tuviéramos que mantener nuestro amor en secreto. Nos refugiábamos en la clandestinidad de los bosques colindantes. Paseábamos cogidos de la mano por los senderos del Monte de Triana o del Pinar del Rosario. Escogíamos las horas de menor tránsito, que solían coincidir con las de mayor sofoco. Caminábamos un trecho y nos tumbábamos bajo los pinos a descansar. Me recostaba sobre un árbol y ella se abrazaba a mí. Un día le pedí que me cantara.
—Cántame —le dije—. Cántame.
Y abrazada a mi cintura me cantó, a la sombra de los pinos.
Y después me hizo una paja

